Qué es la integración sensorial y cómo se ve en casa

Ilustración: una niña descalza de pie sobre un tapete, con los ojos cerrados y los brazos abiertos, sintiendo el suelo bajo sus pies
Ilustración: una niña descalza de pie sobre un tapete, con los ojos cerrados y los brazos abiertos, sintiendo el suelo bajo sus pies

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Hay niños a los que la etiqueta de la playera les resulta insoportable, que se tapan los oídos en una fiesta o que lloran cada vez que hay que cortarles el pelo. Y hay otros que parecen buscar justo lo contrario: chocan contra todo, dan vueltas sin marearse, no se quedan quietos en la silla y abrazan con más fuerza de la necesaria. A primera vista son niños opuestos. Muchas veces les está pasando lo mismo: su cerebro está organizando de una manera particular la información que le llega por los sentidos.

A eso se refiere la integración sensorial. En este artículo explico qué es, cómo se ve en la vida diaria y qué conviene hacer si reconoces a tu hijo en estas descripciones.

Qué es la integración sensorial

Todo el tiempo recibimos información del cuerpo y del entorno: lo que vemos, oímos y tocamos, pero también dónde está cada parte del cuerpo, si nos estamos moviendo o si tenemos hambre. La integración sensorial es la capacidad del sistema nervioso de organizar toda esa información y usarla para responder de forma adecuada: poner atención en clase aunque haya ruido, calcular cuánta fuerza usar para tomar un vaso, mantener el equilibrio al bajar una escalera.

La terapeuta ocupacional estadounidense A. Jean Ayres describió este proceso en los años sesenta y setenta, al estudiar a niños con dificultades de aprendizaje y de coordinación. Desde entonces el concepto se usa en todo el mundo para entender por qué algunos niños viven el mundo sensorial de forma más intensa, o más apagada, que otros.

Los sentidos que casi nadie menciona

Además de los cinco que aprendimos en la escuela, hay tres que pesan mucho en el desarrollo:

El vestibular, en el oído interno, informa del movimiento y del equilibrio. Es el que se activa en un columpio.

El propioceptivo, en músculos y articulaciones, informa de la posición del cuerpo y de la fuerza que usamos. Es el que nos permite abotonarnos sin mirar.

El interoceptivo informa de lo que pasa dentro: hambre, sed, ganas de ir al baño, el corazón acelerado.

Cuando uno de estos sistemas manda la información con demasiado volumen, o con muy poco, el niño lo compensa como puede. Y lo que se ve desde afuera es conducta.

Cómo se ve en casa y en la escuela

Estas son formas en que las familias lo describen. No todas aparecen juntas, y ninguna por sí sola significa algo:

Cuando la información llega con mucho volumen. Le molestan las etiquetas, las costuras o ciertas texturas de comida. Se cubre los oídos con ruidos que a otros no les molestan. Evita que lo toquen o se altera en lugares llenos de gente. Bañarse, peinarse o cortarse las uñas se vuelve una batalla.

Cuando la información llega con poco volumen. Busca moverse todo el tiempo, salta, gira, se avienta al sillón. Parece no darse cuenta cuando lo llaman o cuando se lastima. Usa demasiada fuerza al escribir, al jugar o al abrazar.

Cuando cuesta organizar el movimiento. Se tropieza con frecuencia, tarda más que otros en aprender a andar en bicicleta, a vestirse solo o a abrocharse. Le cuesta copiar una secuencia de movimientos, como un baile o un juego de manos.

Y en el salón. Se levanta constantemente, se mece en la silla, muerde el lápiz o se distrae con cualquier sonido. Muchas veces eso que se lee como mala conducta es la forma que encontró su cuerpo de regularse.

En consulta observo con frecuencia que el mismo niño combina las dos cosas: le molesta el ruido y al mismo tiempo necesita moverse. Por eso no sirve de mucho clasificarlo de un vistazo.

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¿Es solo cosa de autismo?

No. El manual de referencia internacional, el DSM-5-TR, incluye las diferencias en la forma de reaccionar a los estímulos sensoriales dentro de la descripción del espectro autista, y por eso el tema suele asociarse con el autismo. Pero en consulta observo estas diferencias también en niños con dificultades de atención, de coordinación o de aprendizaje, y en niños sin ningún diagnóstico que simplemente viven el mundo con otra intensidad.

Lo importante no es la etiqueta, sino entender qué le está costando a tu hijo y cómo le afecta en el día a día.

Qué conviene hacer

Observa sin corregir durante una semana. Anota qué situaciones lo alteran y cuáles lo calman. Muchas familias descubren que su hijo ya tiene estrategias propias —buscar un rincón, apretar algo, moverse— que tienen mucho sentido una vez que se entienden.

Ajusta el entorno antes de exigir conducta. Ropa sin etiquetas, avisar antes de un ruido fuerte, pausas de movimiento antes de la tarea. Son cambios pequeños que bajan mucho la tensión en casa.

Mide antes de decidir. Cada niño es distinto; por eso medimos. La integración sensorial no se trabaja sola: está conectada con la coordinación, la atención y la regulación emocional. En el Diagnóstico Neurofuncional exploro esas bases, y el avance se registra con instrumentos estandarizados —SDQ, BRIEF-2 / BRIEF-P, Vineland-3, MOXO d-CPT e Interactive Metronome—, para que el cambio se vea en datos. Más detalle en Cómo medimos.

Conoce las opciones de trabajo. La terapia de integración sensorial es una especialidad de la terapia ocupacional. Lo que hacemos en el Programa Contigo —el programa de estimulación sensoriomotriz y cognitiva— es complementario: actividades de movimiento y estimulación que se practican en casa, con mamá y papá como parte activa, y que se ajustan según lo que muestra la medición.

Un primer paso sin costo

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Referencias

Ayres, A. J. (1972). Sensory integration and learning disorders. Western Psychological Services.

American Psychiatric Association. (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, texto revisado (DSM-5-TR).

Este artículo es informativo y educativo; no constituye un diagnóstico.

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